que sabe, empero, que la utopia no llueve del
cielo,
que hay que conquistarla a martillazos.
Los comunistas juzgan todo bajo una premisa:
el final de la explotación y que la propiedad es un robo,
aunque para ello haya que resucitar la
guillotina.
Un comunista, ¡Atención!, no solo tiene que
serlo
sino que, además, está obligado a parecerlo,
porque su principal enemigo es él mismo.


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